domingo, 3 de abril de 2016

Reseña: CANDY CITY de Alberto López Aroca



Autopsias Literarias del Dr. Motosierra presenta:

CANDY CITY de Alberto López Aroca

Por aquí se dice que si uno cava al pie de un árbol es casi seguro que encontrará un cadáver. Los viejos cuentan esa clase de historias, pero yo jamás las he creido, pues Candy City está rodeada de inmensos fresnedales que se extienden hasta Oxfield y más allá. Estoy seguro que desde la fundación de la ciudad, mucha gente ha sido asesinada, pero es imposible que haya un muerto por fresno. Sin embargo, Louie y yo dimos aquel día con un antiguo cadáver. 
En Candy City, cualquier, en cualquier momento, puede tener motivos para matarte.

"Para meterle miedo a un tipo, pero no miedo a que te den una paliza, sino miedo de verdad, basta con sacar las tijeras de podar, y rebanarle un par dedos de los pies; quedará cojo para toda la vida, pero podrá hacerse todas las pajas que quiera", decía Craig. "No es necesario llevar encima un botiquín de emergencia. Que se busque la vida, el gilipollas. Si se desangra será culpa suya y de nadie más. Que se joda".

Vivimos una temporada (Si, espero mientras cruzo los dedos que se trate solo de cuestión de tiempo) en el que los aficionados a la literatura de género no salimos de nuestra incertidumbre.
Una frase con la que me topé recientemente dice algo así como: "Si lees los mismos libros que todo el mundo, terminarás pensando como todo el mundo". Parece ser que esto es algo que no le ocurre exclusivamente a los lectores, sino que editoriales y/o responsables de hacernos llegar historias escritas parecen tener extraña estrategias comerciales que a la larga lo único que consiguen es colocar en las estanterías de las tiendas libros vacíos de vistosa envoltura y dejan en el olvido a autores que realmente se han dejado la piel en su trabajo.
¿No resulta extraño que siempre sean los mismos celebres autores los que se llevan los premios más reconocidos de su país, indiferentemente de que un buen número de lectores tachen de bodrio su obra? Pasa todos los días. ¿Editoriales que prácticamente se abren las venas para promocionar la supuesta última promesa del género, comparando al autor con Dios o con su padre para luego no alcanzar ni la segunda edición? Pasa todos los días. ¿Que un blog cualquiera llegue con su grito a eclipsar el silencio que las grandes editoriales infligen a la fuerza a los autores nóveles? Ah no, eso no pasa tanto...

Podría hacer una lista de autores que, a lo largo de mi experiencia literaria han demostrado autentico amor y devoción por su trabajo, en los que se contempla un verdadero deseo por la creación de historias muy por encima de la búsqueda de fama o creyendo que sus frases deberían pagarse en oro. Si, no me costaría demasiado hacer esa lista, y por Dios o por el diablo que uno de los nombres que la encabezaría sería el de Alberto López Aroca.

Estudioso sherlockiano a tiempo parcial, escritor a tiempo completo, su carrera literaria desde hace ya tiempo es digna de ser tomada como ejemplo. Ejerciendo de un particular Juan Palomo (yo me lo guiso, yo me lo como) nos ha traído numerosas publicaciones que van desde sus ya tradicionales pastiches del famoso detective (CHARLIE MARLOW Y LA RATA GIGANTE DE SUMATRA ó LOS NÁUFRAGOS DE VENUS) a colecciones de relatos de todo tipo (EL PLACER SEGÚN MATEO, LOS ESPECTROS CONJURADOS, ARCHETYPAL,...) e incluso dejando como legado algunos trabajos en editoriales como Dolmen (SHERLOCK HOLMES Y LOS ZOMBIS DE CAMFORD, NECRONOMICON Z) o anteriormente en Ilarión (ESTUDIO EN ESMERALDA).

Precisamente con su segunda publicación con ésta editorial es con la que hacemos este alto en el camino. CANDY CITY se publicó creo que de manera bastante desapercibida allá por el 2010. 6 años después he tenido el placer de abrir sus páginas, 6 años después se sitúa entre mis trabajos favoritos del autor.

Y eso que estamos hablando de una novela que cultiva un género al que apenas he prestado atención. Más que una novela negra, un novato en la materia vería en CANDY CITY un manual de este tipo de obras. En sus escasas 200 páginas encontramos un fabuloso homenaje a las historias de mafias y crimen organizado cuyo ejemplo cumbre tiene casi todo el mundo en EL PADRINO de Mario Puzo (con su correspondiente versión cinematográfica de Francis Ford Coppola). Yo sin embargo lo encontré en el cómic de Max Allan Collins y Richard Piers Rayner y la subsiguiente película de Sam Mendes CAMINO A LA PERDICIÓN, un referente que a mi parecer y gusto personal se mantiene a lo largo de toda esta obra, aunque con algunas diferencias primordiales. Si en la joya protagonizada por Tom Hanks jugaba con el valor de la inocencia ante las decisiones duras, la obra de Alberto se retroalimenta de violencia y los extremos a los que debe llegar alguien por seguir vivo o, más allá, por mantener un nombre.

Todos estos valores vienen reflejados en el protagonista principal de la novela Jonathan Thompson, al que descubrimos desde su infancia al borde de un acantilado mora y ético, decidido desde una temprana edad a forjarse una reputación, a que el mundo no pase de largo sin recibir antes alguna que otra amenaza. Por supuesto una ciudad como CANDY CITY (Ciudad imaginaria aparentemente cercana a Chicago) de primeras décadas del siglo XX no es precisamente el mejor escenario para crear ángeles, y Jonathan, acorde a las consecuencias y necesidades para sobrevivir en una ciudad donde todo el mundo va armado y tiene algún que otro trapicheo fuera de la ley, donde la misma ley es tan peligrosa como el peor de los asesinos, terminará convirtiéndose en el hombre que ha encontrado un destino que ya nos es revelado desde el primer capítulo.

La trama se nos presenta desordenada pero no caótica. A modo de diario o memorias, el protagonista en primera persona nos contará sus recuerdos mas intensos y los momentos que suponen piedras angulares en su experiencia, alternando relatos acaecidos cuando no era mas que un niño y sus primeras "travesuras" hasta unos pocos años o días donde se nos narrarán las circunstancias que le han llevado a su situación actual. De esa forma el autor se asegura de mantener cierta intriga en la trama, mientras uno se pregunta cómo empezó Jonathan a trabajar para McCulloch, cómo el y Louie Katzenberger se conocieron y acabaron como inseparables o por qué o qué les han convertido en personas tan respetables o temidas incluso por sus propios compañeros de profesión.

Aunque todo apuntaba que, salvo un giro final en los acontecimientos, realmente CANDY CITY no es una historia de trama complicada llena de momentos inesperados. Más bien estamos ante una novela que homenajea (nunca plagia) otras obras del mismo género. Un libro de libros, un "Best of" cuyo golpe maestro es no buscar aficionados a las novelas criminales a los que convencer para que les guste CANDY CITY, sino que es una novela que crea aficionados al género dándoles una muestra, un degustación de lo que seguramente sea lo mejor de las mafias, ajustes de cuentas y el "poder y dinero, aunque tenga que pasar por encima del cadáver de Cristo".

Por supuesto, para almacenar tantos acontecimientos como suceden en las escasa páginas de la novela, e escritor debe estar a la altura, y Alberto López Aroca da la talla como siempre y como e escritor adaptable que es. ¿Que tiene que dar el pego haciéndose pasar por el Dr. Watson que escribía en relatos sus aventuras junto al extrovertido Sherlock Holmes? No os sentiréis defraudados. ¿Problemas para representar el papel de detective en horas bajas que solo toca el fondo de su última copa de Whisky? Ninguno en absoluto. En CANDY CITY Alberto se siente como pez en el agua. Sus diálogos gotean violencia y malas intenciones, sus frases huelen a pólvora y a destilería casera, sus personajes son tan fríos y a la vez peligrosos y quebradizos como carámbanos de hielo, lo que hace que en los momentos más dramáticos veamos ese lado humano que siempre intentan ocultarnos.

Mención de honor merecen también las ilustraciones de Sergio Bleda que, desde su magnifica portada a los personajes y elementos que decoran casi todos los capítulos de CANDY CITY lo dotan, de nuevo, e ese tinte de homenaje, casi caricaturesco pero manteniendo ese sentimiento de peligrosidad y sobretodo dejando al lector con la sensación de que uno disfrutaría igual de esta obra si hubiera sido creada en formato cómic (ahí lo dejo).

CANDY CITY es una lectura sencilla, que se lee de una sentada no solo por su corta duración sino porque sabe atrapar pese a no ser seguidor de la novela negra. Quizá más apto a novatos del género que a veteranos, pero disfrutable para ambos tipos de consumidores de historias donde el plomo baila como confeti en fin de año y los sentimientos humanos (de la época) afloran por todos lados. Una obra que ayuda a descubrir la capacidad de Alberto para contar historias intentas en poco tiempo y que anima, como cada vez que uno lee una de sus obras, a abalanzarse a cualquier título suyo.

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