lunes, 16 de octubre de 2017

Reseña: VIENEN CUANDO HACE FRÍO de Carlos Sisí.



Autopsias Literarias del Dr. Motosierra presenta:

VIENEN CUANDO HACE FRÍO de Carlos Sisí.

La crisis económica azota Estados Unidos. Joe Harper, residente en Baltimore, acaba de perder su empleo. Mientras sopesa mudarse a un barrio más barato, recuerda que su abuelo, el mítico Cerón Harper, le dejó en herencia una cabaña en Sulphur Creek, un pueblo canadiense. Toma el poco dinero que le queda y se dirige hacia allí. Es un lugar remoto y aislado, al lado de un parque natural, ideal para esperar que todo mejore. Además, el recuerdo de su abuelo, un incansable buscador de oro del que se decía que podía matar osos con la única ayuda de un cuchillo, es un buen acicate.

La cabaña está prácticamente en ruinas, pero Joe no se arredra. Reconvertido en pionero, arregla el tejado, repara con tablones el porche, consigue apartar piedras enormes. Cuenta cada dólar y lo invierte en comestibles, en agua. Y, casi enfebrecido por el cansancio, se siente vivo, un héroe de película, como si Baltimore no hubiera existido nunca. Para su sorpresa, pronto descubre que Sulphur Creek se vacía durante los duros meses de invierno. Con cualquier excusa, los lugareños abandonan el pueblo para mudarse temporalmente. Un hecho curioso, que podría atribuirse a las extremas temperaturas, pero que parece adquirir otro significado cuando uno de sus vecinos le susurra: «No pase aquí el invierno. Ellos vienen. Vienen cuando hace frío». Sin embargo, Joe no cree en leyendas, fantasmas ni demonios. Piensa que los aullidos que se escuchan son sólo un signo de la fuerte ventisca y que las sombras forman parte de la oscuridad característica de la estación.

La historia del entretenimiento audiovisual y literario está lleno de ejemplos de obras que quisieron ser grandes pero que se quedaron a medio camino de su no siempre, admitámoslo, merecida gloria. Escritores con complejo de Ícaro que queriendo alcanzar el sol, o los corazones de los críticos, lo primero que les pille de camino, acaban en una estrepitosa caída al vacío.

¿Y qué es lo que hace que una historia que aparentemente tiene todos los ingredientes para triunfar pinche antes de llegar a la meta? Pues precisamente que uno de esos ingredientes no sea el adecuado, uno que termina destruyendo el propósito de los demás y echando a perder el conjunto completo.
Seguro que todos hemos leído alguna vez una historia fabulosa, capaz de poner los pelos de punta, de sacar a la luz sentimientos y emociones que creíamos olvidados o inexistentes, pero que por culpa de unos personajes mal trabajados, a causa de unos actores que fuerzan el guión o se rinden a la sobreactuación ha sido imposible encontrar esa ansiada conexión con la trama y sus participantes. Hemos visto también casos contrarios, donde protagonistas cuidados hasta el mínimo detalle, protagonizan relatos y escenas que a veces rozan la vergüenza ajena. Ritmos irregulares, lazos inestables, incluso una mala corrección... cualquier mínimo detalles puede darnos un puntapié de manera inesperada y sacarnos fuera de una lectura que hasta ese momento nos parecía impecable.
Sobra decir que la última palabra siempre la tiene la opinión personal de cada lector. Pero también es verdad que muchos criticamos una obra venida a través de cualquier medio no por lo que es, sino por lo que nos gustaría a cada uno de nosotros que hubiera sido. Y el escritor que nos ocupa hoy ejemplifica a nivel personal estos casos de egoísmo lector. Y digo egoísmo porque soy consciente que querer que una historia sea tratada de una manera y no como al final nos la sirven solo obedece al capricho, no a decir que "esto está mal porque no me gusta".

Considero a Carlos Sisí un muy buen escritor, alguien a quien admiro por haber sabido dejar una huella difícilmente borrable en el panorama fantástico literario español. No hay más que ver su carta de presentación, o al menos con la que se dio a conocer de manera más destacable. LOS CAMINANTES, una saga que desde su primera entrega supo captar la atención de los, por aquel entonces, nuevos seguidores del género zombi, y lo consiguió no por una prosa precisamente compleja y elaborada, ni por ideas nunca vistas en una temática bastante limitada en este campo, sino porque sabía dar lo que los lectores reclamaran en cantidades justas. Porque trataba a sus personajes con respeto, pero también con crueldad, dotándolos de vitalidad, personalidad y por su puesto credibilidad. Y ya que estamos, no podemos olvidar la creación de uno de los mejores villanos del género.

El lado más emotivo del escritor (aunque no el único) tiene su mayor expresión en su colección de historietas ilustradas HISTORIAS CON ALMA que en breve verá su segundo volumen editado, pero es el género de terror el que siempre ha destacado en la carrera literaria de Carlos Sisí, así lo demostró con LA HORA DEL MAR, magnífica obra a medio camino entre el eco-thriller y la trama apocalíptica, con un soberbio inicio, una sucesión de escenas desgarradoras que quedan en el recuerdo... y un desenlace desastroso que a más de uno nos dejo sumidos en una decepción de la que difícilmente pudimos salir. Pero eso no fue lo peor...
ALMA arrastraba esa misma decepción desde el comienzo de la historia, y mientras unos veían la dirección tomada como un acierto, otros, yo incluido, no podíamos evitar sentir que la historia que se narraba no iba con nosotros. Cuando leemos una historia de terror esperamos sentir miedo, angustia y momentos que exploren la mala baba  del escritor y nuestro aguante, y sin embargo con ALMA la sensación que tuvimos es la de que hemos descubierto lo que pasaría si Paulo Coelho escribiera novelas de terror. Pero insistimos, a cada uno nos da miedo cosas muy distintas y su impacto puede variar dependiendo de cómo es contado y a qué nivel individual o colectivo afecta el peligro al que se enfrentan los protagonistas...

... Y este es el motivo de por qué VIENEN CUANDO HACE FRÍO, la nueva novela de Carlos Sisí es una de esas historias que si... pero no.

Algunos afirman que estamos ante la obra más terrorífica y madura del escritor residente en Málaga. Y yo empezaba a pensarlo cuando comencé a leerla, al menos durante la primera mitad de la misma, hasta llegar a cierto punto y seguía avanzando en la trama que fue cuando empezaba a repetirme una y otra vez "Oh no, ha vuelto a pasar".
VIENEN CUANDO HACE FRÍO es como un cuaderno de recortes de un consumidor de cine fantástico y terror. Un mosaico cuyos fragmentos por separado son fácilmente reconocibles y en su conjunto ofrecen un resultado a ratos magnífico y a veces decepcionante e incomprensible incluso para una novela de tintes sobrenaturales.
Saltar de referencia en referencia se convertirá en una constante a lo largo de toda la obra. Encontramos esa ambientación fría, solitaria y hasta cierto punto hostil del CAZADOR DE SUEÑOS de Stephen King, esa entidad malvada de origen desconocido que nos recuerda a varios personajes del mismo escritor de Maine como Pennywise (IT) o Tak (DESESPERACIÓN). Sam Raimi y su visión del mal también está presente. Hasta ideas que parecen sacadas de Matrix de los hermanos Wachowski, HELLRAISER de Clive Barker o el horror cósmico de Lovecraft pueden ser pensamientos recurrentes de las que Carlos Sisí hace uso para hacerle la vida imposible a nuestro amigo Harper, protagonista de la novela en un ritmo que va in crescendo, ignorando cualquier límite imaginativo.
Hasta aquí todo son buenas palabras como es evidente, y lo más importante, merecidas. El problema viene en la búsqueda de un equilibrio, saber cuando encontrar el límite en el baúl de las ideas, evitando que su contenido rebose y se pierda por descuido.

El escritor sabe como comenzar una historia de terror, algo que nos ha demostrado libro tras libro. En pocas páginas ya ha hecho las presentaciones "Lector, este es Joe Harper, Joe Harper, este es el lector que va a seguir tu historia". En esas mismas breves líneas ya visitamos lo que parece que será nuestro hogar durante un indeterminado periodo de tiempo. Y entonces si, una vez establecido el primer contacto, Sisí se permite levantar el pie del acelerador, recreándose en cada descubrimiento, con las consecuentes incógnitas que suelen traer, presentando un elenco de situaciones casi imposibles de casar unas con otras haciendo lo que se espera, que nos sintamos incómodos, que pongamos en duda si no habrá un sitio más tranquilo al que recurrir en lugar de seguir en una cabaña en medio de la nada.

Si hubiera seguido ese rumbo, si VIENEN CUANDO HACE FRÍO hubiera enfocado su trama a un ámbito más minimalista, limitándose al survival horror que se adivina en su sinopsis y primeros tramos de la obra... quizá entonces seguramente no me costaría ver en esta novela uno de los mejores títulos de terror del año, pero veréis... como comentaba anteriormente, hay mil y una maneras de enfocar algo tan propenso a la mutación y evolución como es el miedo, y a mi, por ejemplo me gustan las historias de fantasmas, principalmente cuando éstas tratan sobre fantasmas. Soy un clasicista al que, sin hacerle ascos a la experimentación, al riesgo y a la innovación, le suele gustar ver las cosas colocadas en su sitio, no creando una montaña desordenada formada por tantas cosas que al final la vista no sabe a donde dirigirse y centrar nuestra atención, porque a veces, más a menudo de lo que algunos pensamos, menos es más.

Resulta especialmente difícil explayarme en este punto sin arriesgarme a desvelar parte del argumento de una de las fases más evolucionadas del libro, así que volvamos al punto anterior, sus elementos básicos: Un hombre, un refugio, una amenaza. Tres. Tres elementos con los que se pueden (y se han hecho) maravillas a la hora de componer historias, sin variar rumbo, sin dejar que se convierta en una bola de nieve que, rodando sin control se convierte en una avalancha.
Carlos Sisí no deja nada al azar, eso es cierto. Las incógnitas se van sumando, la credibilidad de lo que conocemos se pone en tela de juicio constantemente y, con paso lento pero seguro vamos viendo a Harper como un compañero real, vulnerable, que sabe que no es ningún héroe, e incluso es autoconsciente de sus errores a la hora de relacionarse con otras personas o el entorno, aunque con algunas incongruencias, como la extrema credulidad de este, que parece creerse todo lo que le cuentan sin cuestionarse su naturaleza u origen , simplemente aceptando lo que hay en un constante estado de sumisión emocional. Como Santiago Vázquez de Cuarto Milenio pero sin vestir de arrogancia.

Ahora bien, el descubrimiento de varios elementos que superan la comprensión del pobre hombre (recordemos que se lo cree todo sin rechistar), la aparición de portadores de nuevos interrogantes o respuestas que no hacen sino complicar más las cosas y otros giros de guión terminan redirigiendo la trama a algo tan distinto como, en mi caso, progresivamente carente de interés.
Insisto, esa pérdida de interés no tiene nada que ver con el modo en que Carlos Sisí afronta su obra VIENEN CUANDO HACE FRÍO, no me retracto de cuando dije que ésta es posiblemente la obra más ágil e impactante de las que ha creado el escritor, el problema es la brusquedad en el cambio de registro y argumento, que pasa de una obra de terror casi intima, de habitación cerrada, a convertirse en un relato de ciencia ficción macabro de repercusiones universales, donde su autor intenta agarrar más de lo que sus manos pueden abarcar, teniendo la máxima repercusión en su desenlace, muy inmaduro en comparación con el camino que hemos recorrido hasta llegar a él.
Eso si, rebosa de talento a la hora de cubrirse las espaldas cuando se trata de hilar pequeños detalles que suponen los ladrillos de un bien estructurado desarrollo, lleno de sorpresas y grandes momentos de darse la palmada en la cabeza y mencionar un "Así que era por esto".

¿He dicho que Carlos Sisí no deja nada al azar? Si, y mucho menos a la hora de abordar el eje principal de la historia, aunque algunos recursos de los que hace uso sí que parecen fruto de ese azar, o al menos de un impulso poco meditado, casi improvisado, como por ejemplo la aparición de uno de sus personajes en el momento más imposiblemente oportuno, alguien cuyo origen o definición resulta pobre e insuficiente, como si hubiera sido sacado del mismo molde del que salió Joe Harper, pero con prisas, sin molestarse en darle color o un trasfondo coherente. Y si, puede que se convierta en un elemento clave en la historia, o puede que no, pero para mí, la sensación que arrastra desde su puesta en escena es la de ser un intruso, una pieza colocada en el tablero a mitad de la partida incumpliendo las normas, un movimiento desesperado que era necesario para poder atar cabos. Un suplente al que se le ha dicho cuál es su papel, pero no cómo representarlo.

Por otro lado, y aunque parezca mentira teniendo en cuenta cómo me he pronunciado hacia esta novela hasta ahora, VIENEN CUANDO HACE FRÍO es un libro entretenidísimo y disfrutable. Sisí vuelca todo lo aprendido con sus muertos vivientes, sus viajes espaciales por culturas extintas, sus cangrejos gigantes y sus ¿fantasmas que se debilitan si les pones a Alex Ubago? (aunque no tengo claro si ALMA es anterior o posterior a la novela que nos ocupa) y construye con ello una narración que se devora en pocas sesiones, que mantiene un ritmo constante y una acción justa y lo mas importante: hace propias las referencias e influencias de las que bebe, sin caer en el plagio, invitando a rememorar grandes momentos que nos ha dado el cine, la literatura, e incluso los videojuegos de terror pero nunca apropiándose de ellas, como si de una ruta marcada en el mapa se tratara.

Lo dicho, Si habéis disfrutado de ALMA o de las ideas que ayudan al desenlace de LA HORA DEL MAR, en VIENEN CUANDO HACE FRÍO encontrarán una nueva experiencia de lo más gratificante, un trabajo que en ningún momento sigue el camino de las anteriormente mencionadas, pero que mantiene una personalidad fuerte, que hace reconocible de manera inmediata la firma de Carlos Sisí.
Los que no... bueno, creo que aún así recomendaría echar un vistazo a esta novela. Porque a fin y al cabo no estamos hablando de una mala historia... Sisí es, como mencionaba al principio, un ejemplo de que en el mundo de la literatura muchas veces juzgamos las novelas por lo que nos gustaría que hubieran sino, no por lo que es, así que al menos dejadme con mi tonto consuelo de pensar cómo me la habría imaginado yo... quién sabe, igual para otros, igual para tí, Carlos Sisí ha acertado de pleno.

lunes, 9 de octubre de 2017

Reseña: EL MAR DE HIERRO de China Miéville.



Autopsias Literarias del Dr. Motosierra presenta:

EL MAR DE HIERRO de China Miéville.

Sham viaja en el Medos, un tren que recorre los infinitos raíles que conforman el Mar de Hierro, en el que habitan numerosas criaturas monstruosas y se esconden terribles peligros. 

En los escombros de un tren descarrilado, Sham encuentra unas fotos que lo pondrán sobre la pista de algo que, hasta entonces, creía imposible.

Pronto piratas, tripulaciones de trenes, monstruos y cazatesoros irán tras él y sus amigos, y la vida en el Mar de Hierro cambiará para siempre.

Hoy en "Términos literarios que han existido toda la vida pero que de repente uso siempre que se me presenta la oportunidad para dármelas de entendido pese a que no tengo ni puta idea de lo que hablo": El worldbuilding.
Vaya por delante que me importa tres pares de narices las múltiples discusiones y polémicas en las que el termino suele ser usado para criticar las obras de un autor u otro. Hablamos de géneros como ciencia ficción o fantasía, y quien busca incongruencias por minúsculas que sean en el trabajo de la creación de mundos por encima de la búsqueda de lo que debería ser lo realmente importante, es decir, una buena historia FICTICIA... pues no se, igual el problema no lo tiene el escritor, sino el que no sabe leer historias sin convertirlas de paso en manuales de ciencias.

Crear mundos ya no es solo cosa de dioses. Cualquier escritor puede convertir palabras en arcilla y convertirlas en prácticamente cualquier cosa y crear universos de la nada, con su planetas, habitantes, fauna y flora, culturas, deidades y por supuesto, pasado. Mundos que a fin y al cabo son creados para albergar historias en ellos, e incluso no es tampoco raro encontrar historias que van construyendo su mundo propio a medida que ésta avanza.
Pero no olvidemos a otro tipo de arquitectos, aquellos que primero destruyen el mundo que conocen o conocerán y que sobre sus ruinas construyen sus ideas, creando paisajes o sociedades distópicas o postapocalípticas. Hemos contemplado a nuestro planeta sumergido en un mar infinito, vigilado por despiadadas ciudades a bordo de petrolíferos y acorazados. Lo hemos visto convertido en un yermo desértico donde la moneda más valorada es el agua y la gasolina y el campo de batalla, la carretera. A veces lo que ha quedado de nuestro hogar es tan letal que nos hemos tenido que proteger en los túneles subterráneos del metro, a salvo de una atmósfera venenosa y el fruto de una evolución asistida. Y así los ejemplos en los que las fuerzas de la naturaleza, del hombre o de seres de otros tiempos, mundos o dimensiones han remodelado el universo conocido se suman y se presentan en todo su esplendor en cine, videojuegos y novelas. ¿Sería descabellado entonces pensar en una tierra donde la vida, las creencias, cada mínimo detalle que se viera o sintiera tuviera que ver con el mundo ferroviario y los trenes? Parece que para China Miéville no, para suerte nuestra.



Miéville es uno de esos autores que, o descubres de casualidad y te lanzas al abismo que te propone sin dudar, o ya sea por temor o por diversidad de opiniones que se encuentran, por lo apabullante de lo que uno se descubre cuando indaga en la obra del escritor, se termina convirtiendo en un reto que se va dejando por tiempo indefinido. Que su imaginación es capaz de desbordar cualquier expectativa, que si su obra es demasiado densa, liosa o abstracta... Algo parecido a lo que me ocurrió hace poco con Joe Abercrombie, un asunto pendiente que se fue demorando hasta que la publicación de la saga El Mar Quebrado, de corte más juvenil según las críticas, me brindaron la posibilidad de descubrir a este escritor inglés con paso seguro y sin arriesgar demasiado pellejo, para terminar encontrando lo que sería uno de mis mayores referentes y favoritos dentro de la fantasía oscura.
Digo que recuerdo el asunto de Abercrombie porque lo que me ha ocurrido con China Miéville es exactamente lo mismo, y pese a disponer de obras suyas tan aclamadas como LA ESTACIÓN DE LA CALLE PERDIDO, LA CICATRIZ, LOS ÚLTIMOS DÍAS DE NUEVA PARÍS o KRAKEN no ha sido hasta su acercamiento a la literatura juvenil o young adult con EL MAR DE HIERRO que no he sentido ese impulso al que no se puede evitar hacer caso para leerlo. ¿Cómo ha sido entonces la experiencia para un descubridor? Pues podría decirse que es de esas obras que se acaban con un jadeo, pero no de agotamiento, sino ese resoplido que dejamos escapar cuando acabamos un viaje en montaña rusa y nos falta tiempo para volver a la cola y repetir lo antes posible.

A medio camino entre la fantasía distópica, la ciencia ficción postapocalíptica y un retrofuturismo heredero del steampunk, nos encontramos con una novela de aventuras en la que, a través de los ojos de su protagonista Sham, contemplamos un mundo con una gran riqueza visual y significativa, un océano de raíles que se entrecruzan y viajan perpendicular y paralelamente entre ellos, cientos de vías que llegan hasta donde se pierde la vista, y donde habitan como no podía ser de otra forma trenes, locomotoras y una gran diversidad de métodos de locomoción y donde los habitantes del Mar de Hierro ejercen sus labores, ya sea cazar, comerciar, construir..., en definitiva, sobrevivir en un mundo hostil pero en su justa medida, una vida que no es difícil sino exigente. Una tierra que quiere ser heredada por los fuertes y los justos (aunque no siempre ser justo implica ser benévolo).

Pero no son solo los ojos de Sham lo que nos interesa, ni lo que ve, sino la actitud ante unos descubrimientos que también son nuestros. El protagonista es un joven aprendiz de médico a bordo del cazatopos Medos (Si, habéis leído bien: topos. Aunque es importante resaltar que mucha de la fauna animal que encontraremos en los escenarios en los que transcurre la obra ha ¿evolucionado? hasta alcanzar tamaños colosales), un chico que enseguida demuestra que no comprende mucho de todo lo que ocurre a su alrededor, lo cual me parece un gran acierto, porque nosotros tampoco, por lo que crea esa conexión necesaria tanto con el personaje como con el entorno, compartiendo cada sorpresa nueva como cada revelación, convirtiendo cualquier detalle que para otros miembros del reparto carecería de importancia en un gran descubrimiento.

Sin duda, una de las cosas que más puede llamar la atención al lector que acerca a este título son, indudablemente las referencias a otras obras. Por suerte estamos ante un caso en que realmente un escritor pretende (o al menos eso aparenta) y consigue rendir homenaje a las novelas que se mencionan para compararla, en lugar de ser un simple reclamo publicitario.
EL MAR DE HIERRO tiene ese espíritu aventurero de LA ISLA DEL TESORO de R. L. Stevenson, un acercamiento a las ideas y filosofías de MOBY DICK de Hernan Melville y un ligero guiño estético al Snowpiercer de Bong Joo-ho, no quedándose atascado en las evidentes comparaciones argumentales de las citadas obras. Pero no se queda ahí, la novela se alimenta constantemente de las ideas con las que el lector juega mientras lee, siendo capaz de convertir en predecibles muchas situaciones, no porque Miéville lo sea también, sino porque quiere que nos movamos por terrenos conocidos en un constante "esto me suena" pero sin llegar al temido "esto ya lo he visto".
¿Recordáis El Planeta del Tesoro, la película de animación producida por Disney y dirigida por Clements y Musker? Pues algo parecido ocurre con EL MAR DE HIERRO, la sensación de estar ante una reinvención de una historia (en este caso debemos pluralizar) clásica adaptada a un mundo nuevo construido a partir de piezas imaginativas importadas de una mente que rebosa de ellas.



Imaginación. Ese es el principal alimento del que se nutre esta novela y con el que su trasfondo crece y crece. Hablamos de una inventiva que evita fundirse con la lógica y lo posible y, como novela de aventuras donde predomina más la fantasía que la ciencia ficción y ambientada en un mundo de una caótica belleza, muchas escenas anteponen la acción a la explicación, y si para componer una escena épica el escritor necesita que el raciocinio mire para oro lado, ni lo duda. Todo esto dota al relato de cierto cariz de fábula, de cuento infantil, de historia de piratas con seres mitológicos, fantasmas y maldiciones impregnadas en tesoros escondidos, y como tales Miéville narra la historia haciendo participe al lector, dirigiéndose en ocasiones a él mismo, invitándole a reflexionar, a volver atrás, a anudar lazos, a ser parte de la tripulación del Medos. En definitiva, la imaginación de Miéville no busca ese nexo entre lo extraño y lo creíble. no quiere mostrar algo que pudiera pasar por verídico o fácilmente asumible. Su único objetivo, el que cumple con creces, es impactar con sus imágenes y su desarrollo. indiferentemente de lo extravagante que resulten los métodos (Seamos sinceros, si tuviéramos que regirnos por las leyes de la física y la aerodinámica, el Medos habría descarrilado en el primer capítulo y ahí hubiera acabado su historia).

No obstante, parece ser que para lograr ese impacto, ese ritmo ágil que no decae en ningún momento, el escritor ha visto necesario hacer sacrificios que posiblemente habrían resultado innecesarios.
Uno de ellos y posiblemente el más evidente de todos es el trato de sus personajes, tanto principales como secundarios. No quiero decir que éstos sean planos o huecos, en absoluto... pero sí pueden resultar demasiado estereotipados y su patrón básico es mantenido a lo largo de toda la historia narrada aquí. Sham ap Soorap manteniendo su papel de aprendiz, torpe e ignorante pero con momentos de lucidez que frecuentemente salvan la situación. La capitana del Medos, Naphi, representación de la idea de una obsesión rayana en la locura y que, cual capitán Ahab es capaz de sacrificar al mundo entero y prenderle fuego al universo si con ello consigue su ansiado trofeo. No nos olvidamos del tradicional papel cómico, de personajes que se dejan llevar por el instinto, pero un instinto que a veces puede confundirse con la demencia de un genio, y esta vez esta representado por los hermanos Shroake. Hasta el pequeño Murdiu es un elemento reconocible del género, heredero de la necesidad de la que muchas historias han dependido anteriormente.

Pero no es lo único que llama la atención de forma no precisamente positiva. EL MAR DE HIERRO es el acercamiento de China Miéville a la literatura juvenil, y si, se nota que la novela está dirigida a un público ávido de descubrir nuevos matices y facetas de la fantasía, incluso yo admito que es una de las mejores lecturas que mezclan el género con tintes steampunk que he leído (para curiosos, mis favoritas son las firmadas por Cherie Priest), sin embargo este paso de la narrativa adulta y a la vez la común en el autor a esta aproximación al lector joven es, en ocasiones forzada hasta el punto de lo artificial. Hay un contraste evidente, como si Miéville se interrumpiera a sí mismo mientras escribe con un"¡Mierda!, que esto es para los jóvenes, voy a meter un caspitas, un recórcholis y una exclamación exagerada para aparentar". Y sin embargo no duda en jugar con ideas interesantísimas que podrían expandirse con relatos más complejos... pero al mismo tiempo vuelve a cometer el error de resolver las situaciones en una consecución constante de Deus ex Machina, hasta resolverse en un desenlace que se encuentra entre la genialidad y lo absurdo.

Así pues, EL MAR DE HIERRO es, en la suma de sus componentes y resumido en la mínima expresión, la historia de aventuras de siempre, con sus persecuciones, tiroteos, buenos muy buenos, malos muy malos, malos que son buenos y viceversa y momentos para reflexionar sobre valores como la amistad, el deber y el paso a la madurez. Es la historia de siempre, construida con retales de los mejores momentos que hemos disfrutado en ellas si, pero con unos efectos especiales impresionantes. Esta novela sería el resultado que hubiera ofrecido Gore Verbinski si le hubieran dicho que Jack Sparrow en lugar de pirata, fuera maquinista de tren. Con Kraken incluido.

Con todo, con sus virtudes y sus carencias, EL MAR DE HIERRO es una novela recomendadísima, no solo para descubrir a un autor tan prolífico y "complicado" como es China Miéville, sino porque es un baúl a rebosar de ideas maravillosas, de imaginación y de momentos y situaciones que nos recuerdan por qué muchos empezamos en este mundo, saltando de libro en libro, por vivir aventuras, visitar tierras inexploradas formando parte de una tripulación que no diferencia el valor de la locura.

Porque el MAR DE HIERRO es un sobresaliente en entretenimiento. Y todo lo demás da igual.


domingo, 1 de octubre de 2017

Reseña: LIBROS DE SANGRE (Volumen IV, V y VI) de Clive Barker.



Autopsias Literarias del Dr. Motosierra presenta:

LIBROS DE SANGRE (Volumen IV, V y VI) de Clive Barker.

A mediados de los años setenta del siglo XX tuvo lugar una profunda revolución en el cine y la literatura de terror realizados en Europa y los EE.UU. Una auténtica oleada de películas, novelas, relatos y cómics denominados gore o «nueva carne» comenzó a invadir como una plaga los circuitos del género. Familias caníbales, asesinos psicópatas de hacha y sierra mecánica, zombis devoradores de carne humana y enfermedades contagiosas se erigieron en los nuevos protagonistas de las historias de terror. Directores de prestigio como David Cronenberg, Tobe Hooper o John Carpenter se habían atrevido a sacar el gore de su gueto marginal, y el joven británico Clive Barker iba a ser el encargado de llevar esta nueva sensibilidad sangrienta y visceral a la literatura de terror. Este segundo y definitivo tomo de Libros de sangre (1984-1985), obra maestra de Clive Barker, reúne los volúmenes IV, V y VI. 

Entre los relatos incluidos en este tomo, podríamos destacar “La Madonna”, en el que un universo líquido, viscoso y mercurial palpita bajo el suelo londinense, “Crepúsculo en las torres”, que nos ofrece un nuevo antihéroe, un mesías salvaje que recuerda al protagonista de su novela «Cabal» (1988), “La Edad del Deseo”, cuyo trágico protagonista ha sido víctima de un experimento digno del primer Cronenberg, o “El cuerpo político”, en el que el lector asistirá incrédulo a la truculenta rebelión de los miembros de un cuerpo humano decididos a independizarse de este de forma sangrienta. El tomo incluye también una de las obras maestras de Barker: “Lo prohibido”, origen de la película de culto «Candyman» (1992), una inquietante crónica de la vida secreta y las leyendas urbanas en los decadentes suburbios residenciales de una gran ciudad, una mezcla tóxica de fascinación erótica y horror, de atmósfera malsana y curiosidad sensual.

¿En qué momento el hombre dejó de tenerle miedo a los cuentos de viejas, a las historias de fantasmas y monstruos de naturaleza inimaginable y empezó a temer a su prójimo, a una amenaza que surge de lo que él mismo considera su lugar seguro, su refugio?, ¿Cuándo empezamos a temer lo que nuestro cuerpo alberga en su interior y, sobre todo, a su derramamiento?

Quizá desde el momento en que éste se descubrió a sí mismo como su propio peor enemigo se convirtió en un lobo para sus semejantes, y estos a su vez en una amenaza similar. Y es que el hombre a lo largo de los siglos, en el desarrollo de la sociedad que construyó, de su propia seguridad y comodidad, también ha sentido cierta necesidad de cierta emoción, una sensación de riesgo o una amenaza que sin ser tomada demasiado en serio, pusiera en riesgo su propio bienestar. Hay muchos precedentes que marcaron ese cambio, ese descubrimiento de la vulnerabilidad del cuerpo humano, donde el miedo a la muerte como hecho deja paso al pánico por las circunstancias de la misma, al dolor o a la grotesca profanación del cuerpo. Precedentes que no solo son encabezados por las guerras o desastres naturales. Recordemos por ejemplo cierto año 1888 en Londres, cuando el miedo más inverosímil y fantástico se reflejaba en esa vertiente gótica literaria llena de fantasmas, demonios o maldiciones nacidas de las leyendas o los cuentos populares, de peligrosos experimentos ideados por hombres de ciencia dementes..., y de repente todo eso pierde sentido y credibilidad cuando alguien empieza a convertir la calle Whitechapel en un cuadro obsceno y sanguinario, firmando la infame obra con el nombre de Jack.

Si el terror es una puerta que permanece cerrada, que se presenta a los valientes dispuestos a asomarse por la mirilla, sucesos como estos entre muchos son llaves que diferencia a los que realmente quieren aventurarse sin temor a lo que puedan encontrar incluso en el interior de ellos mismos, y a los que los horrores de la carne mutilada y la sangre de semejantes derramada han despertado un miedo que se alzan ante ellos como muros insondables. Y así ha seguido a lo largo de los años, en los que tanto la literatura como el cine se han nutrido de gran variedad de temores de todo tipo para que sus historias nazcan, crezcan y se desarrollen fuertes y eficaces, buscando vertientes cada vez más sanguinarias y resultados más viscerales. Y entre la superstición y lo excesivamente realista la constante y no tan fácil como aparenta búsqueda de un nexo que acerca cada vez más ambos puntos, lo fantástico con lo común, al monstruo y al hombre.

Digo que no es fácil porque en los tiempos que corren es complicado sentir propias esas historias de apariciones del más allá, de advenimientos de demonios, lagartos gigantes radioactivos o mil y una maneras más de destruir el mundo. Pocas obras hacen que sucumbamos a una realidad que el que cuenta la historia quiere imponernos, una conexión que muchas veces viene dada, como no podía ser de otra manera, por la sangre.
Me arriesgo a desviarme cada vez más del tema, pero me gustaría que esto se entendiera con un ejemplo actual y a mi parecer maravilloso. Un ejemplo éste que firma Guillermo del Toro con su obra El Espinazo del Diablo. No solo por la bella definición que ofrece del fantasma, sino por la imagen visual que ofrece del mismo. Esa figura difuminada, de piel agrietada como la porcelana, derramando al aire un fino hilo de sangre en un plano existencial que parece no registe por las normas de la gravedad del nuestro. Y aunque en un principio ese mismo hilo carmesí pareciera atender principios puramente estéticos, realmente se le puede encontrar un significado importante, siendo lo que une ambos mundos, el de los vivos y el de los muertos, la representación última de que esa forma errante fue en su momento un niño con los mismos sueños y esperanzas que los que ahora se cubren las cabezas con las sabanas ante su presencia. La sangre representa vida y muerte, cuando nacemos lo hacemos cubiertos de ella, y cuando crecemos y somos conscientes de nuestra propio final solo deseamos no acabar cubiertos de ella.

Pero volvamos un poco atrás en el tiempo y centrémonos en los instintos primarios, dejando de lado el extraño romanticismo que traen las tristes historias sobre muertes prematuras injustas y centrándonos en otro elemento que suele ir ligado al mismo desenlace: la violencia. Y es que acercándonos al final del siglo XX, a la década de los años 70, esta empezó a representarse en medios audiovisuales y literarios de un modo que en cierto modo también buscaba esa conexión entre el espectador y lo que se contempla, un escalofrío que naciera de lo explicitamente expuesto. El movimiento que se conoció como la Nueva Carne empezaba a centrar la importancia del mensaje que se quería trasmitir en un apartado exclusivamente visual. Sangre, tripas, cuerpos terriblemente torturados, heridas expuestas con un realismo casi obsceno eran las imágenes que inspiraban el lado oscuro del hombre y de las creaciones de este, puesto delante del espectador de manera agresiva, sin consentimiento ni advertencia.
Asesinos enmascarados, familias de caníbales, criaturas que no veían esta vez censurados el uso de su mortíferas y afiladas armas... detalles que en su conjunto marcarían un camino a seguir que dura hasta nuestros días y que iluminaron el camino a seguir para mucha gente ansiosa de mostrar al mundo las pesadillas que poblaban sus mentes y que hizo que nombres como Clive Barker se convirtieran en referentes y llamados maestros del terror.

Y por mucho que algunos piensen lo contrario, el escritor inglés ha dejado una impronta en el género del terror contemporáneo que va mucho más allá de los cenobitas de EL CORAZÓN CONDENADO (HELLRAISER) o los habitantes de MIDIAN en CABAL. RAZAS DE NOCHE. Su amplia colección de relatos breves, muchos de ellos recopilados en sus LIBROS DE SANGRE han supuesto una clara influencia tanto para la literatura como para el cine, siendo ademas muchos de esos textos adaptadas a la gran o pequeña pantalla y puesta en varias ocasiones la imaginación del autor al servicio de un ámbito más interactivo como es el de los videojuegos, con trabajos de estética tan sobresaliente como JERICHO o UNDYING. Una influencia de doble sentido la que encontramos aquí, que absorbe muchísimas características que se vieran a principios de los años 70 en esa nueva ola sanguinaria dirigida a un público que buscaba emociones fuertes en forma de un contenido explícito, y que excreta con formas nuevas, en cierto modo reconocibles si, pero dotadas de características que las hacen únicas.

Cuando expresaba mi opinión sobre la primera parte de esta recopilación de relatos reeditados por Valdemar expuse mi definición hacia el autor. Ahora, más de un año después no ha cambiada ni un ápice, pese a que como veremos, sí que lo hace la dirección literaria que toma para seguir impactando. Barker es un arquitecto de la carne, capaz de moldear el cuerpo de los seres vivos para darle formas inimaginables. Sus historias no se limitan a ofrecernos ríos de sangre derramada, explosiones de cabezas o mutilaciones expuestas con sumo detalle y menos lo hace únicamente por satisfacer el morbo de un lector sediento de las escenas más grotescas que se le puedan ofrecer. Lo que Barker hace con cada corte, golpe, desgarro, muestra de dolor o muerte bien puede definirse en ocasiones como un tipo concreto de arte. El creador se convierte en su creación y como su personaje Pinhead y su circulo de cenobitas, nos ofrece placeres que superan la barrera de lo prohibido, un sentimiento de la violencia que en no pocas ocasiones deriva en lo sexualmente placentero, y es que no es raro que se aproveche de una falta de diferencia aparente entre el placer y el dolor usando el sexo tanto para eliminar lineas fronterizas como para crear de otra manera una realidad donde los límites solo los marca una imaginación de la que a veces se duda de su cordura.

Este segundo Omnibus de los LIBROS DE SANGRE completa su primer tomo con los trece relatos que componen los volúmenes IV, V y VI, de los cuales los dos últimos vemos publicados en España por primera vez. Una nueva colección de cicatrices, perforaciones, cortes y escarificaciones que ponen a prueba las ideas más retorcidas y componiendo cuentos cuyos entresijos a muchos nos parecerían impensables si nos lo contaran en lugar de comprobarlo por nosotros mismos. Clive Barker vuelve a crear mundos, seres, maldiciones y puzzles que se conjuntan marcando una dirección concreta a la que se quiere dirigir su peculiar manera de afrontar el miedo. Si bien, sí que se siente un ligero cambio de rumbo, una variación en el punto de vista, en sus maneras de reflejar los horrores en relación con sus primeros trabajos. Así, mientras en estos relatos se nos contaban historias que destacaban por su ataque frontal y directo, que buscaba el impacto visual a través de una arquitectura repugnante y asombrosa a partes iguales, estos nuevos capítulos parecen ahondar más en la búsqueda de un significado más profundo de lo que se nos ofrece, dotando a los elementos de un mayor, digamos, abstracción o simbolismo.
De todos modos Barker nunca ha sido un autor que dé más información de la que él mismo se proponga. Sus historias no son viajes cuya recompensa  final sea la explicación de un elemento fundamental que evite dejar cabos sueltos. Cada historia afronta los acontecimientos con una naturalidad de la que extrañamente el lector se ve contagiado, entre otros motivos, por la extensión de los relatos (a veces cercanos a la novela corta), una longitud que da cierto margen de maniobra y especulación y donde en ningún momento notamos que alguien nos apura o empuja a acabar.

Abstracto, irreal incluso, las historias de estos LIBROS DE SANGRE parecen por momentos desarrollarse en un punto intermedio entre el sueño y la vigilia, algo como lo que veremos en relatos como EN CARNE Y HUESO de gran potencia narrativa e interesantísimas ideas que viajan a través de mundos cuyos escenas y por supuesto escenarios se graban en la memoria como hicieran aquellos reinos a los que cierto escritor de Providence viajaba en sueños para volver cargado de ideas y nuevas historias que contar.
Lovecraft se presenta como una clara referencia en ciertos pasajes de Barker, como podrían demostrar esas presencias tan atrayentes en un momento como repulsivas al siguiente que habitan los pasillos abandonados que se describen en LA MADONNA, e incluso en la no tan común lucha entre el bien y el mal (¿Qué es aquí el bien y qué el mal?) de LA ÚLTIMA ILUSIÓN.

Decía también que el escritor inglés no pocas veces ha demostrado que es capaz de crear relatos a partir de ideas que otros fácilmente desecharían a la primera oportunidad, tirándola a la basura y después prendiéndole fuego para que ningún incauto pudiera echarle un vistazo. Podemos leer cosas tan hilarantes como ingeniosas en EL CUERPO POLÍTICO y el comienzo de la más temida revolución largamente postergada o LA EDAD DEL DESEO, capaz de ofrecer momentos donde el lector no sabe si asquearse o carcajearse a lo largo de un espectáculo a medio camino entre lo gore y lo pornográfico, y ¡Sorpresa! el drama más desgarrador.

Algo que también caracteriza a muchos de los relatos que se incluyen en estos LIBROS DE SANGRE es la capacidad de expansión y ampliación de las ideas con las que se juega. Un claro ejemplo lo encontramos en LO PROHIBIDO, historia que aparte de suponer una disección sobre la naturaleza y repercusión de la leyenda urbana como concepto y una muestra práctica del funcionamiento de la hiperstición, su trama principal dio para hasta tres largometrajes que originaron la famosa saga Candyman. Y si hablamos de estiramientos de ideas no podemos pasar por alto LA CONDICIÓN INHUMANA, en cuyas líneas resuenan fuertes ecos de Hellraiser, de la Configuración del Lamento, de la búsqueda de un final que confundimos con la salvación.

Y aunque a estas alturas creo que ha quedado claro que Clive Barker es, por justas razones, uno de los referentes del género de terror y una influencia que dura hasta hoy, hay que admitir que ni siquiera el maestro se salva de la equivocación o de la imperfección, y es posible que algunas historias (siempre teniendo en cuenta el gusto personal de cada uno) no estén a la altura de las expectativas. Por ejemplo, ese brevísimo relato que parece fruto de una fugaz improvisación y que con el título de ¡ABAJO SATÁN! el intento de divertirnos con un sketch cómico sobre como en ocasiones lo que buscamos es exactamente lo que ya poseemos se queda en eso, en un mero intento. LA VIDA DE LA MUERTE llega también en un momento que no consigue dar la talla, y su argumento se ve superado por su propio ritmo deficiente y previsible, o esa nueva muestra de humor que en ocasiones no roza, sino que se abraza a lo absurdo que es LOS HIJOS DE BABEL, clara parodia de la conspiración y el libre albedrío.

Por suerte, cambios de registros que muestran una faceta poco común en el autor no solo no consiguen compensar esas fallas, sino además convertirse en uno de los mejores textos de la colección. Hablo en mi caso de REVELACIONES, una historia de fantasmas narrada desde un concepto y un punto de vista tan poco común como interesante, con un estilo y unas ideas que pueden recordar a un Stephen King en su mejor faceta de cuentacuentos. Una historia preciosa, dramática que deja a un lado el dolor físico para mostrarnos sus heridas más emocionales.

No como ocurre en CÓMO SE DESANGRAN LOS EXPOLIADORES o CREPÚSCULO DE LAS TORRES, distintas maneras de ofrecernos una orgía de sangre donde las maldiciones tienen un papel fundamental, ya sea convirtiéndote en la presa o en el depredador.

Estamos ante una colección de historias con un punto en común evidente y que suele ser el eje central de todo relato de terror: el alzamiento del mal, de una entidad cuyas promesas solo hablan de destrucción caos y muerte. Si bien en ocasiones este elemento desvirtúa de algún modo la conexión entre el lector y la percepción de un mundo real que ofrezca cierta seguridad al otro lado de las páginas, Barker vuelve romper esa barrera que ya demoliera a golpe de sangre, y lo hace con la elección de sus personajes. Aquí no hay héroes y villanos, no hay protagonistas y antagonistas que representen la eterna lucha entre el bien y el mal. Los fragmentos de los que se componen los LIBROS DE SANGRE están protagonizados por sujetos a menudo miserables, asesinos, mentirosos, estafadores, suicidas o fanáticos. El escritor realiza con cada texto un retrato social terriblemente fiel y nada desconocido, y donde los elementos sobrenaturales representados en criaturas aterradoras, enfermedades o experimentos mortales fortalecen y alimentan ese instinto humano que solo puede ser saciado con el enfrentamiento entre dos ideas no muy diferentes, que miran a un mismo punto:la supremacía por medio de la aniquilación del retador.

admito que estos tres últimos volúmenes de los LIBROS DE SANGRE no me han causado la misma satisfacción, ya sea por la sorpresa, el impacto o las ideas que se compilen que los anteriores. No obstante es imposible que su repercusión en la literatura del género de la que hoy disponemos pase inadvertida. Clive Barker no ha creado un concepto nuevo para entender el horror y el miedo a algo tan común y cercano como es la sangre. Lo que ha hecho es abrir los ojos y sujetar las cabezas de aquellos que no querían ver lo que siempre ha estado ahí y obligarles a mirar y aceptar la idea de que por muy sangriento y obsceno que sea lo que se muestre, siempre hay, al fondo de nuestros pensamientos una idea satisfactoria: el culpable consuelo de saber que no somo nosotros... aún.