lunes, 9 de octubre de 2017

Reseña: EL MAR DE HIERRO de China Miéville.



Autopsias Literarias del Dr. Motosierra presenta:

EL MAR DE HIERRO de China Miéville.

Sham viaja en el Medos, un tren que recorre los infinitos raíles que conforman el Mar de Hierro, en el que habitan numerosas criaturas monstruosas y se esconden terribles peligros. 

En los escombros de un tren descarrilado, Sham encuentra unas fotos que lo pondrán sobre la pista de algo que, hasta entonces, creía imposible.

Pronto piratas, tripulaciones de trenes, monstruos y cazatesoros irán tras él y sus amigos, y la vida en el Mar de Hierro cambiará para siempre.

Hoy en "Términos literarios que han existido toda la vida pero que de repente uso siempre que se me presenta la oportunidad para dármelas de entendido pese a que no tengo ni puta idea de lo que hablo": El worldbuilding.
Vaya por delante que me importa tres pares de narices las múltiples discusiones y polémicas en las que el termino suele ser usado para criticar las obras de un autor u otro. Hablamos de géneros como ciencia ficción o fantasía, y quien busca incongruencias por minúsculas que sean en el trabajo de la creación de mundos por encima de la búsqueda de lo que debería ser lo realmente importante, es decir, una buena historia FICTICIA... pues no se, igual el problema no lo tiene el escritor, sino el que no sabe leer historias sin convertirlas de paso en manuales de ciencias.

Crear mundos ya no es solo cosa de dioses. Cualquier escritor puede convertir palabras en arcilla y convertirlas en prácticamente cualquier cosa y crear universos de la nada, con su planetas, habitantes, fauna y flora, culturas, deidades y por supuesto, pasado. Mundos que a fin y al cabo son creados para albergar historias en ellos, e incluso no es tampoco raro encontrar historias que van construyendo su mundo propio a medida que ésta avanza.
Pero no olvidemos a otro tipo de arquitectos, aquellos que primero destruyen el mundo que conocen o conocerán y que sobre sus ruinas construyen sus ideas, creando paisajes o sociedades distópicas o postapocalípticas. Hemos contemplado a nuestro planeta sumergido en un mar infinito, vigilado por despiadadas ciudades a bordo de petrolíferos y acorazados. Lo hemos visto convertido en un yermo desértico donde la moneda más valorada es el agua y la gasolina y el campo de batalla, la carretera. A veces lo que ha quedado de nuestro hogar es tan letal que nos hemos tenido que proteger en los túneles subterráneos del metro, a salvo de una atmósfera venenosa y el fruto de una evolución asistida. Y así los ejemplos en los que las fuerzas de la naturaleza, del hombre o de seres de otros tiempos, mundos o dimensiones han remodelado el universo conocido se suman y se presentan en todo su esplendor en cine, videojuegos y novelas. ¿Sería descabellado entonces pensar en una tierra donde la vida, las creencias, cada mínimo detalle que se viera o sintiera tuviera que ver con el mundo ferroviario y los trenes? Parece que para China Miéville no, para suerte nuestra.



Miéville es uno de esos autores que, o descubres de casualidad y te lanzas al abismo que te propone sin dudar, o ya sea por temor o por diversidad de opiniones que se encuentran, por lo apabullante de lo que uno se descubre cuando indaga en la obra del escritor, se termina convirtiendo en un reto que se va dejando por tiempo indefinido. Que su imaginación es capaz de desbordar cualquier expectativa, que si su obra es demasiado densa, liosa o abstracta... Algo parecido a lo que me ocurrió hace poco con Joe Abercrombie, un asunto pendiente que se fue demorando hasta que la publicación de la saga El Mar Quebrado, de corte más juvenil según las críticas, me brindaron la posibilidad de descubrir a este escritor inglés con paso seguro y sin arriesgar demasiado pellejo, para terminar encontrando lo que sería uno de mis mayores referentes y favoritos dentro de la fantasía oscura.
Digo que recuerdo el asunto de Abercrombie porque lo que me ha ocurrido con China Miéville es exactamente lo mismo, y pese a disponer de obras suyas tan aclamadas como LA ESTACIÓN DE LA CALLE PERDIDO, LA CICATRIZ, LOS ÚLTIMOS DÍAS DE NUEVA PARÍS o KRAKEN no ha sido hasta su acercamiento a la literatura juvenil o young adult con EL MAR DE HIERRO que no he sentido ese impulso al que no se puede evitar hacer caso para leerlo. ¿Cómo ha sido entonces la experiencia para un descubridor? Pues podría decirse que es de esas obras que se acaban con un jadeo, pero no de agotamiento, sino ese resoplido que dejamos escapar cuando acabamos un viaje en montaña rusa y nos falta tiempo para volver a la cola y repetir lo antes posible.

A medio camino entre la fantasía distópica, la ciencia ficción postapocalíptica y un retrofuturismo heredero del steampunk, nos encontramos con una novela de aventuras en la que, a través de los ojos de su protagonista Sham, contemplamos un mundo con una gran riqueza visual y significativa, un océano de raíles que se entrecruzan y viajan perpendicular y paralelamente entre ellos, cientos de vías que llegan hasta donde se pierde la vista, y donde habitan como no podía ser de otra forma trenes, locomotoras y una gran diversidad de métodos de locomoción y donde los habitantes del Mar de Hierro ejercen sus labores, ya sea cazar, comerciar, construir..., en definitiva, sobrevivir en un mundo hostil pero en su justa medida, una vida que no es difícil sino exigente. Una tierra que quiere ser heredada por los fuertes y los justos (aunque no siempre ser justo implica ser benévolo).

Pero no son solo los ojos de Sham lo que nos interesa, ni lo que ve, sino la actitud ante unos descubrimientos que también son nuestros. El protagonista es un joven aprendiz de médico a bordo del cazatopos Medos (Si, habéis leído bien: topos. Aunque es importante resaltar que mucha de la fauna animal que encontraremos en los escenarios en los que transcurre la obra ha ¿evolucionado? hasta alcanzar tamaños colosales), un chico que enseguida demuestra que no comprende mucho de todo lo que ocurre a su alrededor, lo cual me parece un gran acierto, porque nosotros tampoco, por lo que crea esa conexión necesaria tanto con el personaje como con el entorno, compartiendo cada sorpresa nueva como cada revelación, convirtiendo cualquier detalle que para otros miembros del reparto carecería de importancia en un gran descubrimiento.

Sin duda, una de las cosas que más puede llamar la atención al lector que acerca a este título son, indudablemente las referencias a otras obras. Por suerte estamos ante un caso en que realmente un escritor pretende (o al menos eso aparenta) y consigue rendir homenaje a las novelas que se mencionan para compararla, en lugar de ser un simple reclamo publicitario.
EL MAR DE HIERRO tiene ese espíritu aventurero de LA ISLA DEL TESORO de R. L. Stevenson, un acercamiento a las ideas y filosofías de MOBY DICK de Hernan Melville y un ligero guiño estético al Snowpiercer de Bong Joo-ho, no quedándose atascado en las evidentes comparaciones argumentales de las citadas obras. Pero no se queda ahí, la novela se alimenta constantemente de las ideas con las que el lector juega mientras lee, siendo capaz de convertir en predecibles muchas situaciones, no porque Miéville lo sea también, sino porque quiere que nos movamos por terrenos conocidos en un constante "esto me suena" pero sin llegar al temido "esto ya lo he visto".
¿Recordáis El Planeta del Tesoro, la película de animación producida por Disney y dirigida por Clements y Musker? Pues algo parecido ocurre con EL MAR DE HIERRO, la sensación de estar ante una reinvención de una historia (en este caso debemos pluralizar) clásica adaptada a un mundo nuevo construido a partir de piezas imaginativas importadas de una mente que rebosa de ellas.



Imaginación. Ese es el principal alimento del que se nutre esta novela y con el que su trasfondo crece y crece. Hablamos de una inventiva que evita fundirse con la lógica y lo posible y, como novela de aventuras donde predomina más la fantasía que la ciencia ficción y ambientada en un mundo de una caótica belleza, muchas escenas anteponen la acción a la explicación, y si para componer una escena épica el escritor necesita que el raciocinio mire para oro lado, ni lo duda. Todo esto dota al relato de cierto cariz de fábula, de cuento infantil, de historia de piratas con seres mitológicos, fantasmas y maldiciones impregnadas en tesoros escondidos, y como tales Miéville narra la historia haciendo participe al lector, dirigiéndose en ocasiones a él mismo, invitándole a reflexionar, a volver atrás, a anudar lazos, a ser parte de la tripulación del Medos. En definitiva, la imaginación de Miéville no busca ese nexo entre lo extraño y lo creíble. no quiere mostrar algo que pudiera pasar por verídico o fácilmente asumible. Su único objetivo, el que cumple con creces, es impactar con sus imágenes y su desarrollo. indiferentemente de lo extravagante que resulten los métodos (Seamos sinceros, si tuviéramos que regirnos por las leyes de la física y la aerodinámica, el Medos habría descarrilado en el primer capítulo y ahí hubiera acabado su historia).

No obstante, parece ser que para lograr ese impacto, ese ritmo ágil que no decae en ningún momento, el escritor ha visto necesario hacer sacrificios que posiblemente habrían resultado innecesarios.
Uno de ellos y posiblemente el más evidente de todos es el trato de sus personajes, tanto principales como secundarios. No quiero decir que éstos sean planos o huecos, en absoluto... pero sí pueden resultar demasiado estereotipados y su patrón básico es mantenido a lo largo de toda la historia narrada aquí. Sham ap Soorap manteniendo su papel de aprendiz, torpe e ignorante pero con momentos de lucidez que frecuentemente salvan la situación. La capitana del Medos, Naphi, representación de la idea de una obsesión rayana en la locura y que, cual capitán Ahab es capaz de sacrificar al mundo entero y prenderle fuego al universo si con ello consigue su ansiado trofeo. No nos olvidamos del tradicional papel cómico, de personajes que se dejan llevar por el instinto, pero un instinto que a veces puede confundirse con la demencia de un genio, y esta vez esta representado por los hermanos Shroake. Hasta el pequeño Murdiu es un elemento reconocible del género, heredero de la necesidad de la que muchas historias han dependido anteriormente.

Pero no es lo único que llama la atención de forma no precisamente positiva. EL MAR DE HIERRO es el acercamiento de China Miéville a la literatura juvenil, y si, se nota que la novela está dirigida a un público ávido de descubrir nuevos matices y facetas de la fantasía, incluso yo admito que es una de las mejores lecturas que mezclan el género con tintes steampunk que he leído (para curiosos, mis favoritas son las firmadas por Cherie Priest), sin embargo este paso de la narrativa adulta y a la vez la común en el autor a esta aproximación al lector joven es, en ocasiones forzada hasta el punto de lo artificial. Hay un contraste evidente, como si Miéville se interrumpiera a sí mismo mientras escribe con un"¡Mierda!, que esto es para los jóvenes, voy a meter un caspitas, un recórcholis y una exclamación exagerada para aparentar". Y sin embargo no duda en jugar con ideas interesantísimas que podrían expandirse con relatos más complejos... pero al mismo tiempo vuelve a cometer el error de resolver las situaciones en una consecución constante de Deus ex Machina, hasta resolverse en un desenlace que se encuentra entre la genialidad y lo absurdo.

Así pues, EL MAR DE HIERRO es, en la suma de sus componentes y resumido en la mínima expresión, la historia de aventuras de siempre, con sus persecuciones, tiroteos, buenos muy buenos, malos muy malos, malos que son buenos y viceversa y momentos para reflexionar sobre valores como la amistad, el deber y el paso a la madurez. Es la historia de siempre, construida con retales de los mejores momentos que hemos disfrutado en ellas si, pero con unos efectos especiales impresionantes. Esta novela sería el resultado que hubiera ofrecido Gore Verbinski si le hubieran dicho que Jack Sparrow en lugar de pirata, fuera maquinista de tren. Con Kraken incluido.

Con todo, con sus virtudes y sus carencias, EL MAR DE HIERRO es una novela recomendadísima, no solo para descubrir a un autor tan prolífico y "complicado" como es China Miéville, sino porque es un baúl a rebosar de ideas maravillosas, de imaginación y de momentos y situaciones que nos recuerdan por qué muchos empezamos en este mundo, saltando de libro en libro, por vivir aventuras, visitar tierras inexploradas formando parte de una tripulación que no diferencia el valor de la locura.

Porque el MAR DE HIERRO es un sobresaliente en entretenimiento. Y todo lo demás da igual.


2 comentarios:

  1. Holaaa
    Vaya reseña mas completa, me ha encantado^^
    A mi me gustó bastante este libro, seguiré leyendo al autor.
    Un beso

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  2. Hola, Doc. Esperaba con ganas que hablaras de este libro, necesitaba de tu autopsia. ;) Ahora sé que definitivamente será una buena lectura.

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